Quizás sea lo último que escriba

Dejé la puerta entreabierta del baño al salir. Faltan exactamente dos minutos para que la fina aguja del reloj del Phillies Bar marque las diez. – Esto creo haberlo leído-. Uno no sabe allí si es de noche o de día, sino fuera por la forma de vestir de las chicas, que pintarrajeadas te envuelven con sus caros perfumes, y porque de vez en cuando recuerdas el momento en que has entrado y de donde viniste. El ventanal que da a la calle está repleto de fotografías de vetustas glorias del espectáculo y viejos recuerdos del antiguo dueño del bar que todavía ni han llamado la atención del recién llegado Arbie. Ahora es el dueño, y todo el dinero que antes había pasado por sus manos había sido engullido por las tragaperras de otros locales, así que fue lo único que retiró. Arbie es bajito, de rostro deslucido, con una nariz aplastada y sin un solo pelo en la cabeza; – el tío es feo de cojones-. Es aquella clase de persona que un tipo bien parecido como yo suele mirarse por encima del hombro.
Allí me siento bien. Frecuento este lugar porque tengo la sensación de que toda la gente que allí me rodea es más desgraciada que yo. Siempre lo mismo. Wiskey de Malta, Glend Grant . – Old & Rare. 36 Years Old. Vaya, eso es mucho tiempo encerrado-. Uno tras otro hasta salir por la puerta tras un rastro de vómito -¿Y crees que a alguien le importa?. No, y me alegro, a nadie le deseo perder el tiempo tanto como lo he hecho yo. Creo que voy a gritarlo, aquí, delante de todos-. Si uno se pregunta la forma en que ha llegado hasta allí, no consigue encontrar respuesta, ni siquiera una sola pista. Ya ni reconocer tus errores te reconforta. De tenerlo todo, o al menos todo lo que uno pueda imaginar cuando no tiene nada más que su angustia, un par de sueños y cuatro centavos en el bolsillo, a desintegrarme mansamente en la barra de este antro que consume lo único que me queda, doscientos pavos, -después de esto, alguien tendrá que leerlo, sigue escribiendo Ray, pierdes el hilo-. Se me agota el aliento tras cada trago de ésta rica bendición – ¡joder!, tomare otro trago-.
Justo al otro lado de la barra, que gira entorno al centro del bar, y a través de una botella de Gordon’s, que se amontona con las demás sin escrúpulo alguno en el orden, veo a la triste Maggie y su novio, adornados para otra de sus aburridas cenas de la empresa de Gary. Siempre vienen a tomar una copa para calibrar su última discusión, aunque pocas palabras se dirigen. Han agotado ya todos sus recursos y se ponen de acuerdo para no parecer demasiado distanciados ante lo que podría ser otra oportunidad para el ascenso de él. Yo siempre me fijo en Maggie. – Bonitos lábios, sábes bien que haría con ellos-. Pienso de vez en cuando que ella hubiera estado mejor conmigo, y quizás fuera ella lo que me había faltado para lograrlo. La conocí en la universidad, y en algún momento se pareció a una amistad – ¡Cómo la jodí!- , pero entonces ella me parecía demasiado aburrida, siempre tras un libro, con esas ridículas coletas y su negativa a probar una sola gota de alcohol. La ignoré. Y ahora me gustaba. Quizás al verla con otro. – Demasiado típico, yo no me dejo llevar por éstas cosas- Hoy es muy distinto. Yo ya no tengo ningún proyecto, y muy pocas cosas en qué pensar y sobretodo nadie de quien preocuparme. Y digo eso porque ya uno tiene bastante con aguantarse. Ya podía hacer cualquier cosa, será lo último que haga fuera. En un arrojo de compasión le digo a Arbie – yo pago las cervezas de ésos dos- , y lo digo bien alto para que me escuchen. Él hace ademán de agradecérmelo con la mano, pero ella lo contiene con una amenazante mirada. –No-, dice ella-. Ya no tengo nada que reprochar. Estoy acostumbrado a su rechazo, y le doy la razón. – ¿Y ahora qué? Espero a que lo descubran… lo digo… no, alguien lo descubrirá tarde o temprano, esto es un bar y mear es la tercera cosa que se hace en ellos-. De todas formas dejo el dinero en la mesa, quédate con el cambio le digo a Arbie. Su cara de sorpresa no te la puedes ni imaginar amigo. Cien pavos restantes para él. Le tiemblan las manos. Maggie se levanta y se dirije al baño –Al fin…Pero Sr. Carver, eso es mucho dinero, no estará demasiado bebido mire que mañana no podrá arrpentirse, ya lo habré ingresado en el banco- . Tú cógelo le digo, buenas noches también. Justo antes de levantarme Maggie sale del baño gritando. – ¡!!Ahhhh…..!!!-.
He vuelto. Me temo que és lo último que escribo. Han encontrado el cuerpo degollado de Jerry, mi editor, en el suelo del baño. La policía esta por llegar. Maggie está en el suelo, en una esquina del bar junto a los otros. Yo permanezco sentado escribiendo esto, y aunque se que son mis últimas frases en libertad, al menos nadie podrá tergiversarlas. – ¿Por qué me mirarán así, que tipo de compasión demuestran? – Jerry pensó que podría aprovecharse, me traicionó; unos retoques decía. Menudo hijo de puta. Tomé la decisión, y no fue tomada a la ligera, es algo coherente, en la cárcel a uno no le roban sus ideas, simplemente se quedan ahí, adentro le sacarán más provecho. Sigo sentado. Los demás están asustados y tratan de tranquilizarme.- ¡Diablos!, como tardan.- Yo estoy tranquilo, así que nadie se mueve. La sirena resuena cerca, están a punto de llegar . – Un buen final para tu historia tío , aunque no entiendo porque estamos todos quietos-. Entran dos agentes y se abalanzan sobre mí. Son las onceeeeeee…- libre al fin-.

Published in: on marzo 20, 2008 at 12:40 pm  Dejar un comentario  
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