No había en ningún lugar más arena que debajo de sus pies. O eso le parecía a Hamid, que a sus siete años prestaba máxima atención a todo lo que lo rodeaba, cada detalle lo analizaba con detenimiento. Observaba a su padre, que con la caña sobre el hombro, contemplaba el horizonte esperando que la luz se templara y apagara. Su mirada y la cabeza se perseguían con inmensa agilidad. Veía hasta las semillas en las flores, le fascinaba ver volar a los insectos, y perseguir con la mirada a las hormigas, en cada milimétrico paso hasta sus guaridas. Llegó la hora en la que el acantilado sobrepasó al sol. Caminaron sobre la playa. Hamid trataba de seguir el ritmo de zancada de su padre, pero eso se le hacía complicado solo por cuestión de altura. Se adentraron cautelosamente en el candor de la noche, especialmente luminosa por la lluvia de estrellas a finales de agosto. El mar se recreaba al frente, y el resplandeciente centellear de la luna sobre las olas hipnotizaba al pequeño, que allí se sentía colosal. Su padre tomaba todo con la sobriedad del transcurrir del tiempo allí en África, de dónde procedía. Colocaba sus cosas cuidadosamente, la cesta de las herramientas, la bolsa de la comida, el cubo del pescado. Le pedía a Hamid lo que necesitaba y el lo hacía casi sin pensar. Sabía donde guardaba todo. Sacaba los plomos sopesando ya el tamaño a elegir según la caña que su padre se dispusiera a montar. Y desde allí, elegía sucesivamente la hebilla, el anzuelo y el gusano, tras remover con el índice cada rincón de la caja. Con algo de nerviosismo colocaba el gusano en el anzuelo para matarlo sin perder tiempo, puesto que no le gustaba demasiado verlos sufrir, aunque ni siquiera pudiera reconocer alguna expresión en el bicho. El retorcer del animal, justo cuando la punta del gancho se clavaba en su cola, le revolvía el estómago. Su padre una vez preparada la caña mayor, le ayudaba a montar la suya, de un tamaño más acorde a sus brazos. Una de las cosas que más le fascinaba era ver volar el plomo por encima del mar, avanzando con determinación, buscando el punto más lejano, casi deseando no poder ver el salpicar del agua a su llegada. Se empleaba a fondo para lanzar muy lejos, aunque sabía que eso no determinaba la fortuna de su propósito. Lejos le parecía bastante, y se sentía muy satisfecho, si al menos alcanzaba la mitad del trayecto de su padre. Pronto se sentaban los dos, e inclinaban sus cabezas para examinar la punta de sus cañas, que con una luz fluorescente, se balanceaban por la brisa que soplaba. Eran momentos de tranquilidad, de silencio, la mente se desprendía del cuerpo y se posaba en el horizonte y se enfriaba, y regresaba de nuevo, enaltecida, narcotizada, extasiada cuando de repente se removía la caña con insistencia y Hamid sabía que lo tenían, que de allí no escapaba, que estaba condenado, y lo respetaba. Corrió hacia la caña y la agarró con fuerza. Esperó unos segundos, recogió un poco el carrete y se detuvo, tensó el hilo con la mano para comprobar si el peso era lo bastante consistente. Decidió que no podía esperar más y recogió con fuerza, a un ritmo constante pero con la prisa del novato, y ¡Sí!, de allí salió algo que brilló. Y gritó con fuerza, “¡lo tengo! ¡Brilla! ¡Qué grande! ¡Has visto papá!” Su padre asintió con la cabeza. “Tranquilo, sácalo despacio o se va a escapar”. Cuando lo tuvo en la arena lo observó, lo que parecía un sardo, agonizaba, se revolvió. “Qué grande es, y lo he sacado con la mía!”, espetó. Su padre le tiró un trapo y le invitó a sacarlo del anzuelo. Lo hizo con cuidado. El pescado, que en ese preciso instante dejó de ser pez, no se lo había tragado, con lo que le resultó sencillo. Sintió algo de lástima y para olvidar esa sensación lo depositó en el cubo. Se giró y vio la silueta de su padre, con los brazos cruzados en la espalda, y las manos juntas, en posición erguida, mirando la punta de su caña, y lo vio lejos, muy lejos ¿Quién era aquel hombre que apenas hablaba? ¿Aquel que lo dejó solo en aquel gran momento? Comprendió cuando vio al pescado en el cubo vacío, alejado de los suyos. Aquel hombre es sólo otro más que mira su particular horizonte, hacía donde la punta de su caña enfila, y que puede ver hasta lo más profundo del mar, allí donde descansa el anzuelo, el gusano, asediado. El hombre ausente, que está allí pero no está , porque ese no es su lugar, pero debe estar. En realidad, no sabe ni donde está. Hamid preparó de nuevo su caña, y repitió meticulosamente todo el procedimiento, y también miró bajo el espeso oleaje, tratando de encontrar su anzuelo, procurando, con un grito profundo dentro de sí, alertar a los demás peces. ¡Alejaos! ¡Permaneced allí dónde queráis estar!